Se cumplió el primer mes desde que un pelotón de soldados entrara a la casa del presidente hondureño Manuel Zelaya para expulsarlo del país. Mejor…imposible, habrán dicho los cerebros del quirúrgico golpe de Estado. ¿Cómo dijo? Golpe de Estado. Así es, esta última definición aún sigue enredando a propios y extraños en un lenguaje cantinflesco sobre lo que realmente ocurrió en la vecina Honduras.
Para aquellos que se rasgan las vestiduras defendiendo este adefesio, les debo recordar que por más que traten de vestir, maquillar y encubrir una ilegalidad, esta seguirá siendo eso: un acto ilegal ejecutado por mentes anquilosadas en un pasado de bayonetas y rifles. Decir esto con propiedad y autoridad, no significa un respaldo incondicional a Zelaya, al contrario, el golpe asestado contra él, no hizo más que elevar a la categoría de “rock star” a un presidente deslucido y falto de personalidad.
Desde que Manuel Zelaya asumió la presidencia, no pasó mucho tiempo para que se convirtiera en el discípulo que mejor siguió los mandatos de su mentor, el polémico Hugo Chávez. No por nada el mandatario venezolano ha hecho hasta lo imposible para que su amigo incondicional retorne a la presidencia.
Ahora bien, los militares que ejecutaron la orden de expulsar a Zelaya fueron torpes, porque en su esquizofrenia chavista, trataron de enmendar una ilegalidad, con otra peor. Ese fue su pecado original, por eso la comunidad internacional les dio la espalda.
Señores, entiendan, los golpes de Estado deberían ser “reliquias” destinadas a museos, y no instrumentos propios de democracias “modernas”. Esa debería ser la premisa, lastimosamente lo ocurrido en Honduras ha puesto en evidencia nuestras democracias, las cuales siguen adoleciendo de serias falencias y carencias.
Desde los ochenta nos conformamos con ver a los militares encerrados en sus cuarteles, y con acudir cada cierto tiempo a elegir a nuestros gobernantes, pero descuidamos lo más importante: la institucionalidad. Democracias jóvenes surgidas de cruentas guerras civiles (cómo la salvadoreña) o de sanguinarias dictaduras (cómo la mayoría de países latinoamericanos) buscaron en buena lid, consolidarse y fortalecerse (algunas lo han logrado) pero ese éxito efímero ser ha ido desvaneciendo por culpa de dictadores vestidos de civil, y por partidos que han visto en el poder, la mejor vía para alcanzar sus más oscuros intereses.
La famosa dictadura perfecta del PRI mexicano (con sus setenta años en el poder) palidece al ver como Uribe, Chávez, Correa, Evo, Ortega y Zelaya, manipulan y pisotean las instituciones para enquistarse en el poder. Ellos son los rostros visibles, pero no son los únicos, hay otros más asolapados que en su momento ocuparon la democracia para mentir, extorsionar, robar y manipular a sus pueblos.
Latinoamérica sigue siendo una zona agobiada por grandes desigualdades. Pobreza, marginación, violencia y desempleo, son sólo algunos de los terribles males que se agudizan y que se suman a otros cómo el narcotráfico, la corrupción y la megalomanía de muchos de nuestros políticos.
Parecieran demasiadas plagas para una zona que quiere y busca mejores horizontes.
Finalmente, si queremos que nuestras jóvenes democracias se fortalezcan y se desarrollen, debemos ser más activos para denunciar y para vigilar cualquier exceso o falta que comentan los hombres y mujeres que dirigen nuestros destinos. Sino lo hacemos, seremos los principales facilitadores para que ellos conviertan nuestras democracias en simples objetos de cartón desechable.