1988 es un año que se puede vislumbrar desde el azaroso 2009 como distante e inconexo, pero no lo es, ya que ese año fue el preludio de acontecimientos que dejaron su marca (para bien o mal) en las décadas siguientes.
El 88 fue un tiempo de postración, agotamiento y polarización. La sociedad entera resentía una guerra civil que prolongaba y agudizaba los eternos problemas de siempre. En medio de esa desazón, ARENA, el principal partido de oposición, se prestaba para dar el zarpazo final que lo llevaría a la toma del poder total.
La ARENA de los ochentas fue un partido que nació, creció y se fortaleció a expensas de un Partido Demócrata Cristiano que gobernaba bajo el asecho de muchos. El debilitamiento cada vez más pronunciado del entonces partido de gobierno fue aprovechado por los tricolores, quienes veían como con cada elección ganaban más alcaldías y diputados. Nada mal para un partido que en el 88 tenía apenas siete años de vida.
El principio y el fin
El PDC llegó a saborear las mieles del poder gracias al carisma, la inteligencia y la sagacidad de un líder indiscutible: José Napoleón Duarte. Aunque la suerte de contar con un político de ese calibre, a la larga no les serviría de mucho. Con Duarte en el Ejecutivo, las pugnas en el partido empezaron a ser cada vez más visibles y notorias. Las derrotas propinadas por ARENA, las acusaciones de corrupción y el franco deterioro de la salud de Duarte, no hicieron más que orillar al partido a un callejón sin salida.
El génesis del descalabro pedecista llegaría finalmente en los últimos meses de 1988, cuando el partido de gobierno se alistaba a elegir en un de cine de la capital a su candidato presidencial. Las cámaras de los medios allí presentes pueden dar fe del caos y la anarquía que originó el derrumbe de un partido emblemático. ¿Pero qué fue lo que motivó tal infortunio? La lucha intestina por la candidatura presidencial entre Fidel Chávez Mena y Fito Rey Prendes.
¿Cuál fue el resultado de ese forcejeo? Fidel Chávez perdió la elección presidencial a manos del candidato arenero Alfredo Cristiani, Fito Rey se marchó a fundar un partido muerto y el otrora poderoso PDC se fundió en una hoguera de intrigas y pugnas que lo terminaron degradando en un partido parasitario y títere de su máximo enemigo político: ARENA.
Veinte años después
2008 no fue muy distinto a 1988, aunque los separan veinte años de distancia, las cosas no cambiaron mucho. Seguíamos agotados, postrados y polarizados, la guerra civil se acabó, sin embargo ahora nos angustia y nos atemoriza otra guerra más bestial e inhumana: la de las maras.
En lo económico, 2008 fue el año en que El Salvador y el mundo entero vieron estallar una crisis que mandó hasta las nubes el precio del petróleo. En medio de esa crisis, el país tuvo que aguantar otro problema (como si fueran pocos): La eterna, ilegal y desgastante campaña electoral. La jugada magistral del FMLN de nombrar a Mauricio Funes como su candidato presidencial 17 meses antes de los comicios, motivó a que todos los partidos políticos adelantaran filas para no dejarle la vía libre al “elegido”.
Déjà vu
ARENA desde que ganó la Presidencia de la República en 1989, se convirtió en una maquinaria sumamente potente, que creció y se multiplicó hasta donde le fue posible. Mientras los demás partidos se fragmentaban, ellos se fortalecían gracias a una mezcla de verticalismo autoritario y disciplina férrea.
Puede ser que este estilo de dirigir un partido sea poco democrático, pero si muy efectivo a la hora de obtener réditos políticos. Todo lo anterior se traducía en una unidad “granítica” que se oxigenaba de un ambiente y una estabilidad económica y social que no les provocó muchos problemas a los dos primeros presidentes areneros.
Empero nada es eterno, El país entró en una recesión a partir de 1996, el FMLN empezaba a ganar terreno, y ARENA mostraba su primer signo de desgaste luego de perder las principales alcaldías del país en 1997.
La primera vez que ARENA conquistó la Presidencia, lo hizo a costillas de un PDC irreconocible, mientras que las elecciones del 94, 99 y 2004, se las agenció gracias a la inexperiencia, la tozudez y al radicalismo de un FMLN que parecía sentirse cómodo en la cancha de la oposición.
Aunque debemos acotar que esa comodidad empezaría a cambiar de forma pausada pero constante a partir de 1999. Luego de la derrota electoral de ese año, el Frente se sumergió en una serie de luchas intestinas que terminaron por expulsar a todo aquel que no se alineara a los designios de la vertiente ortodoxa.
Esa “purificación” fue acompañada con una oposición que empezó a desplegar su fuerza en las calles mediante el apoyo a gremios, sindicatos y grupos de fachada que resistieron a varias medidas adoptadas por los gobiernos de Francisco Flores y Antonio Saca.
La lógica dictaba que esa oposición atroz traería tarde o temprano los frutos esperados. Y así fue, las elecciones de medio período de 2003 dejaron tirado en la lona al partido ARENA, y no era para menos, era la tercera elección consecutiva que perdían la oportunidad de recuperar la Alcaldía de San Salvador. A este golpe emocional se sumaba otro aún peor: seguían perdiendo diputados que ayudaran a contener el eterno bloqueo que había infringido el Frente a la Administración del entonces presidente Flores.
Ángel
A pocos meses del fracaso, las luces de alarma se encendieron nuevamente al enterarse que el FMLN aventajaba en más de dos dígitos la intención de voto para las elecciones presidenciales de 2004. El partido se encontraba lastimado, las bases resentían malas decisiones de estrategia, y para terminar de amolar: el presidente Flores era visto en el partido con odio y desdén por haber propiciado la derrota de ese año.
Definitivamente era una encrucijada que muy pocos partidos podrían resolver sino fuera por un poco de suerte y un buen candidato. Pues bien, ARENA encontró eso y más en la candidatura de Tony Saca. A él, a su trabajo, y al pésimo contendiente que resultó Shafick Handal, le deben el sonoro éxito que obtuvo el tricolor en las elecciones presidenciales de 2004.
Como político, Saca acumuló un enorme capital desde que se lanzó como candidato. Su influencia y sus poder no dejaron de crecer aún estando sentado en el sillón presidencial. Esa astucia para moverse en las aguas turbias de la política le redituó éxito tras éxito. Tal era la perfección, que su gobierno llegó a asemejarse en los primeros años a un acorazado avasallador que no conocía de obstáculos.
Su popularidad crecía como la espuma, y esto se hacía notar en las encuestas. Con un capital político más que envidiable, sólo tenía dos opciones respecto a este: cuidarlo para salir por la puerta ancha de la historia, o dilapidarlo en su afán de obtener más poder. Las elecciones de 2006 lo orillaron a optar por la segunda opción.
Para obtener este propósito el ex mandatario se convirtió al mismo tiempo en mandamás del partido y del país, provocando así una dualidad de cargos incompatible con lo que dicta la Constitución, y con lo que propugnaba en vida el fundador de ARENA.
Esa decisión le acarreó una oleada de críticas que no amilanaron su afán de ganar las elecciones de 2006. Al final el objetivo no se cumplió en su totalidad, pero esto no fue un motivo que pusiera en riesgo el respeto que se había labrado al interior del partido.
Eso sí, el ser Presidente de la República de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, para luego transformarse en la cabeza de ARENA, no le pasaría factura hasta dos años después, cuando el partido cayó preso de su propia farsa.
Demonio
Hace pocos días, en un canal de televisión, el ex canciller Francisco Lainez calificó las primarias del partido ARENA como un reality show. Un evento creado para aparentar una democracia que nunca existió. Mientras duró el reality que denunció Lainez, la indestructible ARENA, la misma de la disciplina férrea y unidad “granítica” fue sacudida como nunca por sus propios demonios.
El final del “reality” todos lo conocemos: Saca eligió al peor candidato que podría presentar, el partido se fraccionó y el FMLN ganó la presidencia en una noche histórica. Desde entonces el ángel se convirtió para algunos sectores, en el demonio que propició la derrota de la poderosa ARENA.
Ahora el partido vive la peor crisis de su historia, ya no tiene el poder que ostentaba cuando perdía elecciones de medio período, ni la brújula que le indicaba donde apuntar su destino. No tiene nada.
Es increíble, pero desde que asumió la presidencia Mauricio Funes, el que debería ser el principal contrapeso del poder, no ha podido ser ni la sombra de la oposición que ejercía el Frente cuando ARENA gobernaba, ni mucho menos aquella que desplegó con fuerza y aplomo cuando la Democracia Cristiana dirigía el país.
Insisto: ARENA está presa de sus propios demonios. Sigue anclado en un anticomunismo desfasado que grita a los cuatro vientos que El Salvador será la tumba de los “rojos”, cuando son estos mismos los que en vez de morir, están más vivos que nunca, tienen poder, paciencia y la picardía para hacerlos desaparecer del mapa político.
¿Sigue teniendo futuro el proyecto de ARENA? Esa es la gran pregunta que muchos se hacen ahora. Difícil respuesta cuando lo que vemos es un partido ahogado en una interminable lucha de intereses creados. Si ARENA cae, sus satélites (PCN, PDC) también caerán. Sería el escenario más catastrófico al que se podría enfrentar no sólo ARENA, sino el país y su aún novel democracia.
En 1988 una lucha interna por la candidatura presidencial mandó a la Democracia Cristiana al despeñadero. Perdieron el poder, al poco tiempo su único líder moriría abatido por un cáncer, y finalmente el partido se dividiría en mil pedazos. Veinte años después, el reality arenero provocaba el mismo resultado: perdían el poder, el partido se ahoga ahora en divisiones abiertas y subterráneas, y lo que es peor: el único líder que los podría salvar de la debacle está enterrado en el Cementerio General desde hace diecisiete años.
Creo que no hubo nadie el mundo que se sorprendiera al conocer la noticia que el presidente Obama había sido elegido como el depositario de uno de los galardones más importantes y prestigiosos del orbe: el Nobel de la Paz.
Obama en sus primeras impresiones a la prensa dijo “no creer merecerlo”. Merecido o no, lo tangible será que el Nobel obligará a Obama de hoy en adelante a repensar aquellas decisiones o acciones que pongan en duda o desvirtúen las credenciales que lo llevaron a ostentar tal distinción.
¿Pero fue una buena la elección? Yo creo que sí. Obama ha demostrado irradiar una esperanza que desborda más allá de su zona de influencia. El sentimiento de cambio que motivó su elección como presidente, también logró salpicar a muchas naciones en el mundo que anhelaban un cambio de visión en la potencia norteamericana.
Las circunstancias en las que encontró Obama la presidencia, lo orilló a ponerse los guantes para reestablecer el brillo de una Casa Blanca deslucida y deteriorada por las pésimas decisiones que tomó en su momento el tristemente recordado George W Bush. Ese “makeover”, pasó obligadamente por desactivar rencores y odios que fueron cultivados y exacerbados por los anteriores gobiernos republicanos.
Y para ser sinceros, en este punto lo ha hecho muy bien, sólo basta observar cómo acérrimos “antiimperialistas” de la talla de Hugo Chávez o Daniel Ortega, han caído en un mar de contradicciones al encontrar en Obama, a un presidente que no “suda calenturas ajenas” ni vive anclado en sueños (o pesadillas) del pasado.
En un mundo sacudido por crisis, enfermedades y tragedias, lo que menos necesitamos son guerras, y Obama cree entender ese clamor al pedir la eliminación total de armas de tipo nuclear. Es un buen paso, aunque no suficiente para aquellas voces que critican el Nobel de Obama. Ellas esgrimen que en tan sólo nueve meses al frente de la Casa Blanca, Obama no pudo haber hecho los méritos suficientes para obtener tal honor. Puede ser, pero prefiero que se lo entreguen ahora que es un líder reconocido y respetado, y no después, cuando ya no tenga la capacidad de influir ni de tomar decisiones que abonen al mejoramiento de la paz mundial.