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1983 fue el año que vio la luz una película que con el tiempo se convirtió en objeto de culto popular: Scarface. El film fue un remake de la película que produjo en 1932 el excéntrico Howard Hughes. Tanto la original como el remake, abordan el tema del hampa, pero desde ópticas diferentes.
Martín Bregman, el productor de la versión de 1983 lo tenía muy claro cuando decidió “embarcarse” en el proyecto: rescatar la esencia del film original, pero añadiendo elementos que hicieran de la historia algo más novedoso y actual. Para ello contó con la creatividad de Oliver Stone, quien tuvo bajo su responsabilidad la creación del nuevo guión de “Cara Cortada” (como se conoció la película en el mercado de habla hispana).
Scarface es un film impregnado de mucha violencia, misma que sirve de apoyo para entender las luchas de poder que se desatan por el control del mercado de la coca en la afrodisíaca y “alucinante” ciudad de Miami.
Cuando Stone escribió el guión, este se encontraba viviendo su propio infierno con las drogas, situación que le ayudó a plasmar con mayor veracidad el bajo mundo que se esconde tras el polvo blanco. A esta experiencia personal, se le sumaron testimonios que le proporcionaron agentes de la DEA sobre hechos reales (que fueron plasmados en el film) en los que se vieron involucrados narcotraficantes de la Ciudad del Sol.
Todos estos elementos fueron abonando a la tarea planteada, aunque aún faltaba la inspiración principal que delinearía la trama de la película: el contexto político.
El Mariel
15 de abril de 1980, la paciencia del dictador Fidel Castro estalla en mil pedazos. Cientos de de cubanos quieren largarse de la isla, y para lograrlo se toman a la fuerza la embajada del Perú en la Habana. El incidente mantiene tenso el ambiente por varios días; Castro sabe muy bien que diez mil cubanos hacinados en la embajada, son una bomba de tiempo que puede poner en jaque la estabilidad del régimen.
Ante esa posibilidad, Fidel Castro da la orden de abrir el puerto del Mariel para que todo aquel que se quiera marchar de la isla, lo haga. El anuncio desata inmediatamente las amarras para que cientos de embarcaciones de cubano americanos cruzaran el estrecho de la Florida para ir a la búsqueda de familiares y compatriotas.
En medio de los mares de gente que abandonaban la isla todos los días, Castro aprovecha la oportunidad para deshacerse de personas no gratas a la revolución (criminales, enfermos mentales, homosexuales,etc.) quienes fueron embarcados como regalo de "buena" voluntad para el Tío Sam. Ese puñado de malos cubanos, le dieron a Oliver Stone la inspiración para crear el personaje principal de la película: Tony Montana.
El gran Al Pacino fue quien asumió el papel del “Political Prisoner”, como se describe Montana al inicio de la película. El personaje interpretado por Pacino, pasa rápidamente de ser un “pobre” lavaplatos, a convertirse en el más connotado capo de la droga de Miami. Mientras eso sucede, la película nos va dejando pequeñas perlas que contribuyen a que Scarface sea ahora un objeto de reverencia casi religiosa.
Los narcos de hoy
Desde la primera vez que vi la película, hubo algo que atrajo mi atención: la escena en la que Tony Montana mira absorto como desde la mansión de su jefe (aquien acaba de matar) aparece entre penumbras el famoso Zeppelin de la Goodyear, con la leyenda “The world is yours” (el mundo es tuyo). A partir de ese instante, la frase se convierte para Montana en el mensaje premonitorio que dará rumbo a sus objetivos de dominación y poder.
Scarface ha sido para este servidor, un punto de referencia para entender como se mueve el mundo putrefacto de la droga. Los parámetros y las conductas que se muestran en la película, coinciden con los adoptados por muchos narcotraficantes “modernos”. El lujo, el poder, los asesinatos, la corrupción, y los complots; son elementos comunes que vemos día con día en las noticias sobre los carteles de la droga.
En la actualidad el negocio del narcotráfico se extiende como serpiente de mil cabezas en su afán de seducir a propios e incautos. Nadie está exento, y menos El Salvador, la pequeña nación centroamericana que ha sido catalogada desde siempre como el corredor por donde transita la droga hacia el Norte.
Ese es el diagnóstico oficial que nos han vendido las autoridades locales para hacernos creer que el país no es un paraíso de narcos. Pues bien, no les creo, el narcotráfico en El Salvador dista mucho de ser un mero paseo, o un negocio de “dealers” o de delincuentes de poca monta.
Bodegas San Jorge
Año 1993, El Salvador apenas cumplía su primer año de vivir en paz, cuando al poniente de la capital salvadoreña se descubría el mayor cargamento de cocaína jamás visto en el país. Fueron seis toneladas de cocaína pura que se encontraron ocultas en un complejo industrial conocido como “bodegas San Jorge”.
En su momento se hablo que el cargamento de coca era propiedad de Joaquín El Chapo Guzmán, uno de los más temibles y poderosos narcotraficantes mexicanos de la actualidad. Otras tesis apuntaron a los carteles colombianos afincados en las ciudades de Medellín y Calí.
Las investigaciones “extrañamente” no prosperaron, quedando para el olvido semejante hallazgo. Años más tarde, otro alijo de droga era descubierto por las autoridades en los apartamentos Oporto. En esa ocasión se detuvo infraganti a un colombiano que ante la insistencia de los periodistas por saber quien estaba detrás del alijo, sólo se limitó a decir que pertenecía a un salvadoreño muy influyente.
¿Por qué no se investigó más?
Ambos casos nos demuestran como el narcotráfico es movido por gente muy poderosa. Esto último me lo confirmó en 2004 un ex agente de la Dirección Anti Narcotráfico (DAN). Este ex agente me relató su involucramiento en el equipo que descubrió el cargamento de cocaína en las bodegas San Jorge.
Este hallazgo me dijo, los condujo a develar el nexo local de la droga incautada. Según sus palabras, se trató de un personaje sumamente poderoso del país, alguien que por sus nexos con la política y el gran capital, tenía categoría de “intocable”.
Saber esto los puso en una situación de peligro inminente, al punto de salir “expulsados” del país para que no dijeran nada. De ser cierta esta historia, nos deja sobre aviso del peligro que corre nuestro país de caer totalmente en las garras de los carteles de la droga.
Ya naciones como Colombia, México y Guatemala, han sido secuestradas por estas mafias. El dinero maldito que obtienen de sus oscuros negocios les sirve para corromper autoridades y para infiltrar instituciones. Mientras eso sucede, en El Salvador, los acusados y encarcelados por narcotráfico no dejan de ser pequeños capos jugando a ser una versión burlesca del Tony Montana de la película.
Si queremos cortar el cáncer de raíz, las instituciones encargadas de su combate, deben apuntar su mirada a lo más alto, allá donde los peces gordos nadan tranquilos en aguas de impunidad. Si no lo hacen, El Salvador corre el grave riesgo de transformarse en un Estado fallido. Evitémoslo, aún estamos a tiempo.